El siglo XX, con sus luces y sombras, llega a su fin con un mundo rural que, aún habiendo mejorado notablemente sus condiciones de vida, se encuentra en declive por un conjunto de causas relacionadas entre sí. Las áreas de montaña representan el máximo ejemplo de lo dicho, son el paradigma del mundo rural.
Por otra parte, el viejo discurso de la mayoría y de la minoría
esconde en múltiples ocasiones un doble
lenguaje: los montañeses son minoría frente al llano,
éste frente a las ciudades de Aragón, y Aragón en
su conjunto frente al resto de España y, cómo no, del mundo.
En realidad la minoría que todos somos en alguna ocasión,
no debería estar frente a nada, sino recordar a la mayoría
de cada momento, el derecho al desarrollo de cada cual sin que esto imp de un interés general que, en
muchas ocasiones no ha resultado tal.
El agua que fluye por los ríos pirenaicos ha moldeado el espectacular
paisaje en el que vivimos. Ejemplos tenemos a nuestra vista. En el Ara,
el mayor río salvaje de la cordillera, puede encontrarse en menos
de diez kilómetros, el mayor grado posible de protección
ambiental de la Comunidad Autónoma, el Parque Nacional de
Ordesa y Monte Perdido, Patrimonio de la Humanidad, y uno de los menores
grados de protección posible: el destrozo humano, paisajístico
y ecológico de Jánovas y su entorno, esta vez patrimonio
de una empresa hidroeléctrica.
El todo y la nada juntos. Lo mismo podría pensarse de otros ríos
pirenaicos si se ejecutasen los proyectos hidráulicos pendientes
en el Ésera, con la presa de Santaliestra, en el Gállego,
con la presa de Biscarrués, en el Aragón, con el recrecimiento
de Yesa o en el Irati, con la presa de Itoiz. Lo que también ocurre
en otras partes, como en las cuencas del Matarraña, del Queiles
o del Jiloca. Un asalto en toda regla al desarrollo futuro de la
Montaña y la puntilla final a sus grandes ríos.
Asumiendo los beneficios y perjuicios ocasionados por obras hidráulicas ya ejecutadas, el necesario diálogo sobre el agua ni siquiera se ha iniciado al no partir de la justificación de las necesidades, de la demanda real y sus soluciones alternativas, si no de la obligatoriedad electoral, política, por inercia histórica o por la defensa de intereses particulares no dichos; obligatoriedad que desemboca en el unos contra otros. Tristemente las administraciones públicas se escudan en Pactos y Planes de los que parece deducirse que es más importante el hecho de pactar que lo pactado.
Planes que, curiosamente, se muestran incapaces de ejecutar lo que no
tiene contestación y no genera grandes rechazos. Las grandes presas
pirenaicas proyectadas implican terminar con nuestros ríos y desordenar
definitivamente el territorio humano de nuestro norte. Antes de seguir
en la misma línea habrá que dialogar sobre
las necesidades globales y encontrar alternativas para solucionar los
problemas particulares.
Al estar conviviendo con nuestros propios problemas, no solemos darnos
cuenta de que el debate sobre las afecciones de determinadas obras es ya
un movimiento internacional en varios continentes. Aunque parezca que cada
uno vamos a lo nuestro, formamos parte, queramos o no, de una nueva cultura
del agua que reclama los derechos de las minorías de las zonas de
m ontaña y el fluir de los ríos por su territorio como valor
para el
desarrollo, en todo el mundo.
Un desarrollo dificultado en gran medida por la desordenación
territorial producida en las últimas décadas. Desordenación
a la que, sin ser su única causa, no ha sido ajena la política
hidráulica y que, a la postre, ha llevado a unos niveles demográficos
casi desérticos. Ya está bien, no se puede despoblar más.
Justo al contrario, es hora de posibilitar el desarrollo sostenible de
la Montaña, de ir subsanando esa deuda de la historia. Y no sólo
con el agua, también con la atención sanitaria o escolar,
con las comunicaciones, con la posibilidad de puesta en marcha de nuevas
iniciativas para el desarrollo económico o con el mantenimiento
de sus formas culturales propias. Y, por supuesto, con la pervivencia de
su medio, de un territorio también moldeado por sus gentes. El Pirineo
y el
Prepirineo son naturaleza humanizada a lo largo de la historia. Montañés
y Montaña son las dos caras de la misma moneda.
Quizá un mundo regido por tecnócratas y planificando sin la gente sea el futuro inevitable, pero pocos dudan que sería mejor un mundo regido por la gente, abocada a entenderse y con la ayuda de la técnica que sea necesaria. La montaña debe recuperar el futuro, no un pasado imposible. En estas tierras, terminar de machacar la Montaña es comenzar a machacar Aragón y al resto de minorías que todos somos alguna vez.
Así pues,
Considerando que las generaciones futuras de habitantes de la Montaña tendrán graves problemas para subsistir en tiempos cambiantes sin el territorio útil para la vida humana; y que las generaciones actuales, además de afectados directos o indirectos, somos los que podemos defenderlo; y
Considerando que el hecho de ser mayoría no da el derecho de doblegar a la minoría, pudiendo encontrar mejores alternativas para todos;
Suscribimos este Manifiesto por la Dignidad de la Montaña con la esperanza puesta en que la unión de las gentes dará la fuerza para la defensa; en que las administraciones públicas, especialmente nuestros ayuntamientos y las asociaciones de municipios, y sus representantes acabarán impulsando con la energía suficiente una solución digna ante la gravedad de los problemas e impulsarán a otras administraciones a reconocer lo que es de justicia; y en que la Montaña encontrará apoyo suficiente en otras zonas, rurales y urbanas; y
Reiteramos que antes de seguir con la actual política de grandes presas se deben buscar otras soluciones aceptables, en base al diálogo y explicación de todos los intereses que mueven las grandes obras hidráulicas; y en que la Montaña, en su sentido más amplio, debe obtener lo que necesita para su desarrollo, no como compensación al desastre futuro, si no por derecho en el presente y deuda en el pasado.
El siglo XXI no debiera comenzar dando la espalda a su montaña, como en buena parte ha hecho este otro que acaba.
Aragón nació en los ríos de sus montañas.