En los albores del nuevo milenio nuestros ríos, lagunas y humedales
no
pueden seguir siendo considerados como simples proveedores de agua
para
regadíos e industrias, o como cloacas para verter residuos y
desechos... Es
hora de reconocer su tremendo valor patrimonial desde el punto de vista
ambiental y social. Nuestros ríos marcan el carácter
y la identidad de
nuestras ciudades y comarcas. Ríos, torrentes, cascadas, ibones
y lagunas
son verdaderamente alma y magia de multitud de paisajes y rincones.
El agua
es por otro lado elemento esencial de nuestra dieta alimenticia y por
ello
nuestra salud depende en gran medida de su calidad. Hoy los llamados
“usuarios” del agua no son sólo regantes e hidroeléctricos
sino todos los
ciudadanos.
Todo lo dicho no quita valor a sus usos productivos, pero sí
debe llevarnos
a acotar la insaciable voracidad especulativa,
productivista y contaminadora
de algunos para llegar a un equilibrio, en beneficio
del conjunto de la
sociedad, que nos permita salvaguardar estos
patrimonios ambientales en una
perspectiva de Desarrollo Sostenible.
Es hora de desmitificar los
demagógicos planes de expansión del regadío vigentes
en la propaganda
política, para abrir paso a un enfoque moderno que permita
reconocer los
problemas reales del medio rural actual y arbitrar soluciones operativas.
Hoy la mayor parte de los riegos con aguas superficiales tienen una
eficiencia que tan apenas si llega al 40%, y su rentabilidad económica
se
salva coyunturalmente en gran medida gracias a las subvenciones europeas
de
la PAC. Por ello el reto esencial en materia de regadíos se
debe centrar en
la modernización, tanto de nuestros sistemas de riego como del
tipo de
productos y del nivel organizativo y actitudes empresariales vigentes
en
gran parte del sector...
Desgraciadamente sigue predominando en importantes sectores de nuestra
clase
política la demagogia hidrológica basada en la mitificación
de las grandes
obras hidráulicas, pagadas por el dinero de todos... Hoy más
que nunca esa
política encubre, desde los pretendidos objetivos sociales
de los grandes
nuevos regadíos (inviables económica y políticamente
en el marco de la Unión
Europea...), redes de corrupción administrativa, oscuros intereses
de
grandes compañías (constructoras y eléctricas)
y proyectos de grandes
trasvases que desequilibrarían social y economicamente más
al país e
implicarían verdaderos desastres ecológicos.
En un momento en que se iniciaban esperanzadores giros hacia una política
de
regadíos centrada en la prioridad de la modernización,
y en un momento en el
que en Europa se avanzan nuevos criterios de modernidad con la eleboración
de la nueva directiva de aguas, el recientemente publicado Libro Blanco
del
Agua, es un paso atrás decepcionante. Tramitado desde la precipitación
de
los políticos y sin el necesario debate social y técnico
que tan
reiteradamente se prometió, su aparición lejos de abrir
un debate en la
perspectiva de la Nueva Cultura del Agua, vuelve a colocar en el centro
de
las expectativas gubernamentales la vieja e insostenible política
de
trasvases por razones fundamentalmente electoralistas.
Parece así ratificarse el poder dominante de los grupos de presión,
hidroeléctricas y constructoras, representados por la figura
del Secretario
de Estado de Aguas y Costas, Don Benigno Blanco, jefe del gabinete
jurídico
de Iberdrola. En un Ministerio que destina los 2/3 de su presupuesto
dedicado al hormigón y tan sólo un tercio a la conservación
y gestión del
medio ambiente, los últimos enfrentamientos y dimisiones forzadas
de altos
cargos colocan al Gobierno ante la necesidad de clarificar definitivamente
su política medioambiental.
Corren tiempos en los que se glorifica el papel del Mercado, más
allá sin
duda de lo justo y razonable, ofreciéndolo incluso como la clave
mágica de
la futura gestión de aguas. A nuestro entender es preciso salvaguardar
la
gestión pública de nuestros ríos y acuíferos,
pues sólo desde esta base se
podrán articular con equidad valores sociales, culturales, ambientales
y de
ordenación territorial equlibrada esenciales, hacia los que
el mercado es
ciego e insensible.
El reciente acuerdo entre los Gobiernos de España y Portugal,
lejos de abrir
un nuevo proceso de planificación integrada de las cuencas compartidas
(Miño, Duero, Tajo y Guadiana) se ha limitado a intercambiar
“favores”
gubernamentales. Es urgente la revisión de los planes de estas
cuencas con
la participación directa de las regiones y comarcas de ambos
paises,
extendiendo la aplicación del principio de la Carta Europea
del Agua y de
nuestra propia Ley de Aguas, que reconoce la Cuenca Hidrográfica
como marco
esencial de planificación y gestión.
Hoy es preciso promover una Nueva Cultura del Agua que sustancie un
profundo
giro en la política hidráulica; una nueva política
basada en la sensibilidad
hacia los valores ambientales y sociales; una política equitativa
y de
respeto hacia los derechos de todos los ciudadanos, y en particular
de las
minorías de la montaña, tradicionalmente avasalladas
en nombre del
“Progreso”; una política moderna basada en la gestión
de la demanda, el
ahorro, la eficiencia y la conservación de la calidad del recurso;
una
política de profunda democratización de las Confederaciones
Hidrográficas
como marco institucional de gestión de las aguas;
una política de
superación de fronteras que integre en un marco unitario de
gestión a las
regiones de cada cuenca por encima de consideraciones nacionales...
Por todo ello las organizaciones firmantes hacemos un llamamiento al
debate
social, técnico y político que permita alumbrar
el necesario giro
hidrológico que nuestra sociedad requiere hoy, al tiempo que
respaldamos el
llamamiento a la movilización ciudadana en Madrid el día
21 de Marzo en pro
de esa necesaria Nueva Política de Aguas.